Conducia por el camino del olvido. No perdia la vista del horizonte, pero sin poder evitarlo, un ojo permanecia pendiente del mundo que quedaba tras mi espalda. Por la ventanilla del auto contemplaba los arboles presentes a cada lado de la estrecha y angosta calzada por donde circulaba, mientras que estos dejaban sus hojas caer sobre mi. Era verano, pero el ambiente recordaba a cualquier tarde de otoño. El día, a media luz; las hojas cayendo y el tiempo variaba... Frio, calor, frio, calor... ¡Menuda indeterminación! Un caluroso día de verano, que quería ser otoño por momentos.
El dia estaba loco, al igual que el tiempo y mi cabeza. Y a pesar de eso, de lo extraño, no podia dejar ni un solo segundo de contemplar la belleza del lugar. Un lugar unico, desconocido, del que su existencia solo hubiera podido ser imaginada por la mente de un niño con lapices de colores, que trata de impregnar en su lienzo la emocion y la inocente sonrisa y dulzura de su niñez. Y, ahora, este lugar, vivo reflejo y transmisor de esos valores tan simples, se torna sobre mi para compartirlos y enseñarme que se puede ser adulto y maduro, se puede llorar y se puede dudar. Pero lo que nunca hay que perder es las ganas de luchar, de aprender, de emocionarse, de reir y de ser ese niño pequeño que dibujaba.